
– ¿Puedo pedir una hamburguesa con regalo? Vale treinta y siete coronas, y me falta Aladino.
– De acuerdo.
– ¿Qué tomarás tú, mamá? ¿Pollo?
– Aún no lo sé.
Volvió a mirar las negras aguas; tan sólo pensar en la comida le producía náuseas. No le gustaba demasiado comer. Veía cómo la superficie subía y bajaba, formando una espuma amarilla grisácea.
– Ya estamos mejor de dinero, mamá, podemos comer lo que queramos, ¿verdad?
Eva calló. De repente se detuvo y cerró los ojos apretándolos. Algo grisáceo surgió justo debajo de la superficie del agua. Se mecía inerte y la poderosa corriente lo empujaba hacia la orilla. Sus ojos estaban tan ocupados en mirar que se olvidaron de la niña, que también se había detenido y veía mucho mejor que su madre.
– ¡Es un hombre! -exclamó Emma dando un respingo. Se agarró al brazo de Eva, los ojos desorbitados. Durante unos instantes se quedaron como petrificadas mirando esa figura aguada y blanduzca que flotaba entre las piedras con la cabeza por delante. El hombre yacía boca abajo. Tenía poco pelo en la parte posterior de la cabeza y un trozo completamente calvo. Eva no se percató de las uñas que le estaban atravesando el jersey; miraba ese cadáver grisáceo, de pelo rubio y ralo, y no recordaba haberlo visto antes. Pero las zapatillas de deportes… esas zapatillas de rayas blancas y azules, de caña alta… le subió hasta la boca un tremendo sabor a sangre.
– Es un hombre -dijo Emma de nuevo, esta vez en voz más baja. Un grito se abrió paso hasta la garganta de Eva, pero no llegó a salir.
– Se ha ahogado. ¡Pobrecito, se ha ahogado, Emma!
– ¿Por qué está tan asqueroso? ¡Parece de gelatina!
– Porque -tartamudeó-, porque lleva mucho tiempo en el agua.
Se mordió el labio con tanta fuerza que se lo reventó. El sabor a sangre le hizo tambalearse.
– ¿Tenemos que sacarlo?
– ¡No, claro que no! Lo hará la policía.
