– ¿Vas a llamarla?

Eva rodeó con su brazo los anchos hombros de la niña y siguió tambaleándose por el camino. Echó un rápido vistazo hacia atrás, como si esperara un ataque, pero ignorara de dónde vendría. Había una cabina telefónica junto a la subida al puente; tiró de la niña para que la siguiera y hurgó en los bolsillos de su falda en busca de calderilla. Encontró una moneda de cinco coronas. La imagen del hombre medio disuelto centelleaba ante sus ojos como un mal augurio, un augurio de todo lo que llegaría. Por fin se había tranquilizado, el tiempo se había posado como una capa de polvo sobre todas las cosas, haciendo palidecer la pesadilla. El corazón le latía en ese momento como un trueno bajo el jersey, completamente fuera de control. Emma estaba callada. Seguía a su madre con sus ojos grises asustados.

– Espera aquí. Voy a llamar para que vengan a recogerlo. ¡No te vayas a ningún sitio!

– Nos quedaremos hasta que lleguen, ¿verdad?

– ¡De eso nada!

Se metió rápidamente en la cabina e intentó dominar su pánico. Una avalancha de pensamientos e ideas pasó velozmente por su cabeza, pero los fue rechazando uno por uno. Tomó una rápida decisión. Tenía los dedos sudorosos; metió la moneda en la hendidura y marcó a toda prisa un número. Contestó su padre, con voz cansada y somnolienta.

– Soy yo -susurró Eva-. ¿Te he despertado?

– Sí, pero ya era hora de que me despertara. Me paso el día y la noche durmiendo. ¿Pasa algo? -gruñó-. Estás nerviosa. Noto en tu voz que estás nerviosa, te conozco.

Su voz era seca y quebrada, y sin embargo tenía una agudeza que ella siempre había admirado. Un aguijón que la clavaba a la realidad.

– No, no pasa nada. Emma y yo vamos a cenar fuera, y pasábamos por una cabina…

– ¡Dile que se ponga!

– Eh…, no, está abajo, junto al río.

Observaba cómo iba disminuyendo la cantidad que marcaba el contador, y miró por un momento a Emma, que apretaba la cara contra el cristal de la puerta. Su nariz aplastada parecía de mazapán. ¿Oiría lo que estaba diciendo?



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