– Apenas me quedan monedas. Iremos a verte un día de estos, si quieres.

– ¿Por qué susurras? -preguntó su padre suspicaz.

– No me daba cuenta de que estaba susurrando -dijo ella en voz algo más alta.

– Dale un beso de mi parte a mi niña. Le tengo guardada una cosa para cuando vengáis a verme.

– ¿El qué?

– Una nueva mochila. Le hará falta una mochila para el colegio en el otoño. Pensé ahorrarte ese gasto, ya que no estás atravesando un buen momento, ¿no?

– Eres muy bueno, papá, pero la niña sabe muy bien lo que quiere. ¿Se puede cambiar?

– Sí, sí, pero compré la mochila que me dijeron que comprara. Una mochila de cuero rosa.

Eva forzó la voz para que sonara normal.

– Tengo que colgar, papá, no me quedan más monedas. ¡Cuídate!

Se oyó un clic, y él desapareció. El contador se había detenido.

Emma la miró expectante.

– ¿Vendrán enseguida?

– Sí, envían un coche. Venga, vamos a cenar. Se pondrán en contacto con nosotras si nos necesitan para algo, pero no creo que lo hagan, al menos de momento, tal vez nos llamen más adelante. En realidad todo esto no tiene nada que ver con nosotras, ¿sabes?

Hablaba febrilmente, casi sin aliento.

– ¿Por qué no esperamos hasta que vengan? ¡Por favor!

Eva negó con la cabeza. Cruzó la calle con el semáforo en rojo arrastrando a la niña. Formaban una pareja de caminantes muy dispar: Eva, alta y delgada, de hombros estrechos y pelo largo y negro; Emma, gorda y ancha, patizamba, que se contoneaba al caminar. Las dos tenían frío. Toda la ciudad tenía frío, con ese viento helado que emanaba del río. Es una ciudad poco armoniosa, pensó Eva, como si nunca fuera capaz de ser totalmente feliz por estar dividida en dos. Las dos partes competían por el primer puesto. La parte norte con la iglesia, el cine y las tiendas más caras; la parte sur con el ferrocarril, los centros comerciales baratos, los pubs y la tienda estatal de licores y vinos. Esto último era importante, ya que aseguraba un constante flujo de gente y coches cruzando el puente.



9 из 257